Mi abuela y las pseudociencias

Mi abuela fue una mujer extraordinaria. Murió sedienta de conocimientos, tal vez insatisfecha por no haber abarcado toda la sabiduría ancestral que quería. Murió creyendo que podía ver tu futuro en las líneas de las manos, que podía indagar en el porvenir con las cartas y con amuletos. Murió creyendo en el poder místico de los números.

Mi abuela fue una gran mujer. Dedicó su vida entera a su marido, a sus hijos, a sus nietos, a sus amigos y amigas… mi abuela derrochaba cariño y entrega. Su vida no fue de ella, fue una vida compartida. Era una mujer curiosa e inteligente, vaya si era inteligente. Por desgracia, su educación formal fue bastante escueta… se resumió a las letras básicas de una escuela de postguerra, es lo que tiene ser de una familia humilde.

Su espíritu aventurero y su voluntad de salir adelante la empujaron a cruzar el Atlántico en busca de una vida mejor. Le costó lo suyo, pero supo adaptarse a su nuevo país. Crió a dos hijos, llevó las riendas de un hogar, trabajo de sol a sol. Inculcó en su familia buenos valores… ya les dije que fue una buena mujer.

Por desgracia, los años pasaron deprisa. Entre los niños, la casa y el trabajo, había poco tiempo para cultivar el intelecto. Su sabiduría la cosechó a base de práctica y experiencia, y su infaltable libro de cabecera. Mi abuela era una lectora consumada.

Tuvo una jubilación extraordinaria. Luego de una vida de entrega y sacrificios pudo por fin dedicarse a ella, a cultivar su intelecto, a saciar su curiosidad. Pudo por fin pasar largas horas recostada en su cama leyendo un libro tras otro.

Se aficionó por los clásicos de la literatura, pero también (por desgracia) por los mitos antiguos y por la sabiduría ancestral. Profundizó en la astrología, la numerología, el tarot y la quiromancia. Terminó siendo un catálogo ambulante de hierbas medicinales, y era experta en imposición de manos y transmitir energías.

Y no, esto no quiere decir que era una mujer ignorante; era una mujer muy culta a su manera, una mujer sedienta de conocimientos; solo que no supo distinguir entre conocimientos reales y pseudociencias carentes de evidencias. No fue su culpa, solo eligió los libros equivocados. Cuando se tiene una educación tan básica, es difícil saber si eso que te dicen es cierto o no lo es. Para ella, un libro era una fuente de sabiduría, y si esa sabiduría era antigua, era doblemente sabia.

Claro, su personalidad generosa le impidió guardarse sus conocimientos para sí. Siempre estaba dispuesta a “echarte las cartas”, leerte la mano, hacerte un conjuro de números y palabras. Siempre tenía un buen consejo. Ella no lo sabía, pero a base de práctica se volvió experta en lectura en frío.

Sí, mi abuela era lo que considero una “magufa”, salvo que ella realmente creía en las fuerzas místicas, creía en poderes y energías, en la magia y la superstición. Pero mi abuela no era como los desvergonzados de la tele. No, no era una estafadora sin escrúpulos. Ella jamás cobró un duro por sus “servicios”, nunca ejerció de manera profesional… era demasiado generosa, demasiado honrada para cobrar por algo que podría ayudarte, que podría servirte de guía en tu camino.

Soy escéptico por naturaleza; soy  de hecho un escéptico militante. Cada vez que en un foro, charla o discusión alguien se refiere a los creyentes como gente ignorante, pienso en mi abuela. Con su inteligencia, su espíritu infatigable, su curiosidad y su personalidad inquieta y trabajadora, tal vez pudo haber llegado muy lejos en el mundo académico. Pudo haber sido una profesora universitaria como ninguna, una economista de renombre, abogado de prestigio o psicóloga reputada…

Mi abuela era una mujer muy culta, solo que no supo encaminar sus dotes en la dirección correcta, en la dirección de la razón. Fue totalmente autodidacta, fue una mujer que se hizo a si misma. Mi abuela es el mejor ejemplo de la importancia de una buena educación en la infancia. Nada es tan vital para el desarrollo intelectual de una persona como una educación de calidad en los primeros años de vida.

Recuerdo pasar largas horas discutiendo con ella sobre sus creencias… a mi me gustaba, y creo que a ella también. Ahora que lo pienso, creo que para ambos era un desafío intelectual, un reto personal de traer al otro al camino de la luz y del conocimiento. Yo sabía que intentar convencerla, a estas alturas, era una misión imposible. Creo que ella también lo sabía.

A veces, cuando pienso en mi abuela, me doy cuenta que los escépticos muchas veces perdemos el tiempo intentando convencer a quien no quiere ser convencido. Creo que nuestro esfuerzo tiene que encaminarse a una educación de calidad, a que gente con la curiosidad de mi abuela sepa aprovecharla, y disfrute de las maravillas del mundo real, del mundo conocido y conocible.

Carl Sagan, el más grande divulgador científico que ha conocido la humanidad (desde mi humilde opinión) descubrió las maravillas del universo gracias a una bibliotecaria con criterio… no quiero imaginar que hubiese pasado si en lugar del libro sobre las estrellas y galaxias que pidió en su más tierna infancia, hubiese caído en sus manos uno de astrología… a veces también me pregunto si a mi abuela, en lugar de un libro sobre magia, le hubieran ofrecido uno sobre psicología… quien sabe lo que habríamos ganado.

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Una respuesta a “Mi abuela y las pseudociencias

  1. Precisamente Sagan dice algo parecido al principio de uno de sus libros, pero refiriéndose a un taxista que le lleva por NY. Cuánta imaginación, cuánto talento, se habrá desaprovechado por maleducar a la gente…

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